pensamiento

José Saramago

"El escritor ante el racismo"

 

 

Ahí está el racismo, aquí están los escritores. La cuestión, considerada la palabra en su doble sentido de punto a discutir y de interrogación, parece bastante clara a simple vista: siendo el racismo una expresión configuradora y hasta ahora inseparable de la especie humana como tal, probablemente con raíces tan antiguas como el momento en el que se produjo el primer encuentro entre una horda de homínidos pelirrojos y una horda de homínidos negros; presumiendo, a su vez, los escritores, en general poco discretos de sus personas en lo que se refiere a la modestia y respectivos deberes, de haber sido o merecer ser los guías y los preceptores de nuestra confusa humanidad, incluso cuando, por ella haberles vuelto las espaldas, dejaron de estar de moda los maitres-ápenser, la respuesta a la interpelación propuesta por el tema podría ser la redacción de un milésimo manifiesto, de una milésima condenación del racismo y de la xenofobia, formal y en forma, suscrita por todos los escritores de este prolijo mundo, del primero al último, si es que para ello también existe, en algún sitio, una clasificación por puntos, como la de los tenistas, que sólo tienen que mirar la tarifa para saber cuánto valen...

Desgraciadamente, las cosas, por estos intelectuales parajes, no son tan simples, por mucho que, en los tiempos que van corriendo, vayamos abundando en esas y en otras reclamaciones colectivas, alegadamente condenatorias, que, dejando invariablemente intacta y sin remover la causa próxima de la protesta, de poco más habrán servido, en la mayor parte de los casos, que para robustecer nuestras buenas conciencias y alimentar la imagen generosamente agraciada que, de sí mismo, cada uno de nosotros «a cultivando. Probablemente el problema no estará tanto en discutir sobre la necesidad y la oportunidad de decretar a los cuatro vientos lo que los escritores deberían hacer contra el racismo y la xenofobia -estaríamos, en ese caso, salvo más competente opinión, en el dominio de las puras obviedades-, sino en averiguar si el racismo y la xenofobia emergentes, en sus diversas manifestaciones (desde la dege­neración inesperada de aspiraciones nacionalistas, histórica y culturalmente justificadas, hasta la amenazadora resurrección de doctrinas más recientes de exclusión, persecución y muerte), no estarán, en este mismo instante, sin que de tal nos apercibamos, beneficiándose de los silencios de la tribu literaria, aprovechando el vacío producido por una apatía y un extrañamiento social muchas veces asumidos y proclamados por los escritores en nombre de criterios supuestamente supremos, de un compromiso personal exclusivo del autor con la escritura. Con otras palabras: se trata de saber si los escritores de hoy, todos nosotros, que, por indolencia del espíritu o insuficiencia de la voluntad, renunciamos al papel de intervención que, bien o mal, fue desempeñado, en su tiempo, por un Gide, por un Camus o por un Sartre (para sólo citar el caso francés), estaremos dispuestos a mantenernos más o menos indiferentes a lo que está pasando ante nuestra puerta y delante de nuestros ojos, viendo por cuenta propia, tanto en las acciones como en las omisiones, la inhumana «regla de oro» de Ricardo Reis, aquel heterónimo clasicista de Fernando Pessoa que un día escribió, sin que la mano le hubiese tem­blado y sin que el rostro le enrojeciese de vergüenza: «Sabio es aquel que se contenta con el espectáculo del mundo».

Ciertamente, aquellos que, por inclinación propia o formación recibida, pudieron beber de la «leche de las humanidades» y aprendieron, de sus propias flaquezas, la dura lección de la imperfección y de la vulgaridad humanas, esos saben oponerse, de un modo al que llamaríamos «natural», tan interiorizadamente son capaces de vivir lo que había empezado por ser, tan sólo, una recolección «cultural», a toda doctrina de tenor racista, cualquiera que sea su origen y fundamentación, de raza o de frontera, de color o de sangre, de casta o de religión. Habiendo lle­gado a este punto, apetecería ahora decir, aunque infringiendo de alguna manera el precepto que manda no extrapolar los asuntos más allá de los límites que un razonamiento de consenso estableció, que las propias clases sociales, precisamente por su constitución y ordenación piramidal y consecuentes contradicciones internas de poder y dominio, activan y desenvuelven, en sus diversos conflictos, comportamientos en muchos aspectos semejantes a las manifestaciones racistas típicas.                                                                                                                                                                                                                                                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre nosotros, el «negro» tiene, cuántas veces, la piel blanca, y el «moro» puede muy bien ser aquel cristiano puntualísimo que, aunque haya sido bautizado y confirmado, aunque se confiese y comulgue regularmente, pertenece a otra «iglesia» social.

Todas las protestas, todos los clamores, todas las proclamaciones contra el racismo y la xenofobia son justos, necesarios y bienvenidos, pero la experiencia de tantas expectativas defraudadas y de tantas ilusiones perdidas debería aconsejarnos moderar nuestra satisfacción siempre que, en consecuencia de esas acciones, racismo y xenofobia se detengan en su avance e incluso, ocasionalmente, una u otra vez, retrocedan, en espera, deberíamos saberlo, de tiempos más propicios. Prácticamente todas las causas del racismo han sido ya identificadas, desde la proposición política de objetivos de apropiación territorial, teniendo como pretexto alegadas «purezas étnicas» que, frecuentemente, no dudan en adornarse con las nieblas del mito, hasta la crisis económica y la presión demográfica, que, no faltándoles invocar, en principio, justificaciones exteriores a su propia necesidad, con todo no las desdeñan si, en un momento agudo de esas mismas crisis, se considera útil el recurso táctico a tan adecuados potenciadores ideológicos, los cuales, a su vez, en un segundo tiempo, podrán llegar a transformarse en un móvil estratégico autosuficiente. Infelizmente, los brotes de racismo y de xenofobia, sean cuales sean sus raíces históricas y sus causas inmediatas, y como si los hechos anteriores de naturaleza y consecuencias semejantes hubiesen sucedido en un planeta sin ninguna especie de comunicación con éste, encuentran invariablemente facilitadas sus operaciones de corrupción de las conciencias públicas y particulares, entorpecidas ya, unas y otras, por egoísmos personales o de clase, éticamente disminuidas, paralizadas por el temor cobarde de parecer poco «patrióticas» o poco «sectarias», conforme los casos, en comparación con la descarada, inso­lente y agresiva propaganda racista o confesional que, lentamente, poquito a poco, va despertando la bestia que duerme en cada uno de nosotros, hasta hacerla saltar hacia la luz del día, hacia la intolerancia, hacia la violencia y el crimen. Cierto es que nada de esto debería sor­prendernos y, a pesar de todo, una vez más, con una ingenuidad desarmante, por casualidad desprovista de cualquier ribete de cinismo, pero tan peligrosa como el cinismo, he aquí que vamos por ahí preguntándonos unos a los otros cómo ha sido posible encontrarnos con esta plaga de vuelta, después de haberla creído extinguida para siempre, en qué mundo terrible estamos finalmente viviendo, cuando tanto habíamos creído haber progresado en cultura, civilización, derechos humanos y otras prendas. Nos damos entonces cuenta de que tal vez esté llegando la hora de volver un poco atrás en el tiempo para que reconsideremos algunos hechos, prospectivando, desde un momento situado en algún punto de nuestro pasado próximo -el año 1968 podría ser, para esta reflexión, una fecha excelente-, no aquello que es, hoy, para nosotros, el futuro, sino lo que entonces se proponía ser, de todos los futuros, el más prometedor y que, veinticinco años después, ha venido a tomar la figura de un melancólico pasado.

Que esta civilización -y no nos referimos solamente a lo que simplificadamente denominamos civilización occidental, sino a aquellas, en verdad todas las demás, que están sufriendo los embates de tantas y tan aceleradas transformaciones, sea en los campos científico y tecnológico, sea en los campos ético y axiológico-, que esta civilización esté llegando a su término, parece ser ya una lección sentada para todo el mundo. Que entre los escombros de los regímenes y de los sistemas desmoronados o en vías de desmoronarse -socialismos pervertidos y capitalis­mos perversos- empiezan a esbozarse, en mitad de mil y un tanteos y dudas, recomposiciones nuevas de los viejos materiales, eventualmente articulables entre sí, o, si bien que unidos por la lógica de hierro de la interdependencia económica y de la globalización informática, prosi­guiendo con estrategias perfeccionadas los conflictos de siempre... todo esto parece ser, igualmente, bastante claro. De un modo mucho menos evidente, quizá por pertenecer al territorio de aquello que denominaríamos, metafóricamente, las ondulaciones profundas del espíritu humano, creemos ser posible identificar, en la circulación actual de las ideas, un impulso tendencialmente apuntado a un equilibrio nuevo, en el sentido de una «reorganización» axiológica que debería suponer, en concordancia con la asunción plena y el desenvolvimiento armónico de los derechos humanos, una redefinición, al mismo tiempo racional y sensible, de los viejos humanos deberes, tan poco estimados en nuestros días, pasando a colocarse, de este modo, al lado de la carta de derechos del hom­bre, la carta de sus deberes, ambas igualmente indeclinables e imperiosas, y tan legítimamente invocables los segundos como los primeros.

Ahora bien, si no nos equivocamos demasiado, esa necesaria y urgente reflexión, que difusamente parece querer despuntar en medio de nuestras confusiones y perplejidades, debería empezar por proceder al reexamen y a la crítica de determinados conceptos corrientes, aparentemente de los más espléndidos y generosos, que forman parte, por contraste y en engañosa antonimia, de aquel universo vocabular en el que reinan efectivamente, como astros terribles y sombríos, la xenofobia y el racismo. Nos referimos, en particular, a la tolerancia, esa palabra que ha hecho correr ríos de tinta y torrentes de palabras, tantos, por lo menos, como su con­traria e irreductible enemiga: la intolerancia. Permítasenos, entre tanto, que, antes de pasar directamente al asunto, divaguemos un poco sobre el destino de las palabras en general y sobre esos sus lugares de conservación, pero también de pasaje, por mucho o poco tiempo, que son los diccionarios.

Grande y más que justificada es la satisfacción de lexicólogos y editores cuando, al son de los tambores y trompetas de la publicidad, vie­nen a anunciarnos la entrada de unos cuantos millares de palabras más en sus diccionarios. Con el correr del tiempo, la lengua había ido perdiendo y ganando, se había vuelto, con cada día que pasaba, simultáneamente más rica y más pobre: las palabras viejas, fatigadas, fuera de uso, escritas pocas veces, pronunciadas aún menos, resisten mal la agitación frenética de las palabras recién llegadas y acaban, más tarde o más temprano, por caer en una especie de limbo donde permanecerán a la espera de la muerte definitiva o, en el mejor de los casos, del toque de la varita mágica de un obseso por las etimologías o de un curioso accidental que le conce­derán aún un breve chisporroteo de vida, un suplemento de precaria existencia, una última esperanza. El diccionario, imagen perfecta de un mundo ordenado, crece, se construye y desarrolla sobre una multitud de palabras que vivieron una vida activa, después envejecieron y languidecieron, primeramente generadas, después generadoras, como lo fueron los hombres y las mujeres que las inventaron e hicieron nacer y de las que irían a ser, a su vez, y simultáneamente, los señores y los siervos.

Crecen así los diccionarios, continuamente se expanden, como universos alfabéticos, con sus entrelazadas constelaciones de verbos y de pronombres, de conjunciones y de preposiciones, de sustantivos, adjetivos, adverbios y tutti quanti. Serían vertiginosamente mayores si decidiésemos admitir en ellos las multiformes y casi inagotables formas verbales, serían bastante más breves si de ellos resolviésemos eliminar los antónimos, palabras en verdad innecesarias allí, siempre que tuviésemos el cuidado de no perder de vista y de sentido la simple noción de los contrarios. Nos bastaría que el diccionario registrase, por ejemplo, las palabras «feliz» y «felicidad», para que, por una especie de operación mecánica conmutativa, inmediatamente se nos presentasen en el espíritu, con la ayuda de la experiencia y de la memoria, los estados y sentimientos alternativos, la lágrima en vez de la sonrisa, la tristeza en vez de la alegría. La ausencia de los antónimos no convertiría en mejor el mundo ni nos liberaría de la porción de negatividad que nos cupo, a cada uno de nosotros, cuando la distribución cósmica del bien y del mal, pero representaría, sin duda, un ahorro considerable de celulosa y de papel, nada desdeñable en los pródigos y desperdiciadores tiempos que vivimos.

De igual manera tendríamos que proceder -y aquí, después de la rápida digresión, regresamos al asunto- en relación a aquella justamente detestada palabra que se escribe con las letras de la «intolerancia», plaga mayor de nuestros días, pesadilla de nuestras noches, embrujo regresado al mundo cuando, ingenuos o estúpidos, la creíamos expulsa­da para siempre de él, exclusiva, cuando mucho, de las relaciones entre perros y gatos, que, como sabemos, no pueden ni verse los unos a los otros. Así, lanzada fuera la funesta «intolerancia», purificados por una vez los diccionarios, nos quedaríamos viviendo y conviviendo en la dulce paz de su contraria, la generosa, la humanitaria «tolerancia», mil veces y en todos los tonos cantada y alabada, pretexto inocente de aren­gas de parlamento y de sermones de iglesia, consejo pío de padre bien pensante a la prole esperanzadora, guía segura de moralistas confiados e impenitentes, estrella en el cielo y faro en la tierra de filósofos y editorialistas. «La tolerancia», lo proclaman en coro -para el caso, y aquí repetido sin los correspondientes primores de estilo, pero con todas las abundancias de la convicción-, «la tolerancia, señoras y señores, es, para decirlo en pocas palabras, lo mejor que hay». Habiendo así declarado, y como si, por su boca y pluma, hubiese sido enunciada la más incontrovertible de las verdades, esperan de la simplicidad de la gente común -nosotros, vosotros, casi todos- que sea tomado por oro de ley, contrastado y a prueba de falsificación, lo cual, muy probablemente, no pasa de una imitación engañosa, insuficiente y equívoca aproximación a un estadio que ya demasiado viene retrasándose: el de la instauración de una relación de auténtica igualdad entre todos los seres humanos, sean cuales sean sus orígenes, razas, colores y religiones.

Con su inexorable magisterio el diccionario afirma que «tolerancia» e «intolerancia» son conceptos y prácticas extremos e incompatibles entre sí y, de esta manera habiéndolos definido, implícitamente nos está concitando a situarnos, con exclusión de otras alternativas posibles, en uno o en otro de aquellos dos polos, como si, entre ellos o más allá de ellos, no existiese o no pudiese llegar a existir otro lugar, un lugar de encuentro y (séanos ahorrada la fácil acusación de retórica demagógica) de fraternidad. Precisamente para llegar a ese lugar es para lo que no disponemos de la palabra identificadora, de la brújula, de la carta de marear, de la piedra de toque. Pero, si la palabra no está en el diccionario, es sólo porque aún no tenemos en la inteligencia la conciencia fulgurante que la haría nacer y también porque no llevamos en el corazón (perdónesenos otra vez la retórica, ahora sentimental) la convicción que le habría de transmitir una definitiva humanidad: parafraseando remotamente a Marx, diríamos que los hombres no pueden, antes del tiem­po exacto, crear las palabras de las que, sin saberlo o no queriendo saberlo, vitalmente ya estaban necesitando.

 

Así, pues, observadas las situaciones y ponderados los comportamientos, ¿qué es la tolerancia sino una intolerancia que es aún capaz de vigilarse a sí misma, siempre temerosa de verse denunciada a sus propios ojos, siempre bajo la amenaza del momento en el que las circunstancias le arranquen o la fuercen a retirar la máscara de las buenas intenciones que otras circunstancias, de señal contraria, le habían pegado a la piel, como si aparentemente fuese ya la suya propia? ¿Cuántas personas, hoy intolerantes, eran tolerantes aún ayer? Tolerar (lo dice la sapientísima María Moliner) es, entre muchas otras acepciones similares, consentir, aguantar, admitir, soportar, sufrir, permitir, en una palabra, no oponerse a algo o a alguien que para tal tendría autoridad o poder. De los ejemplos que presenta María Moliner, hay uno que nos apetece dejar aquí, por ilustrar perfectamente, y de un modo figurado, lo que hemos intentado expresar a lo largo de esta páginas. Prosaica y cotidiana, para que mejor se pueda entender la lección, he aquí la garantía: «Mi estómago no tolera esas comidas». Extrapolando, diremos, por nuestra parte, que un individuo tolerante siempre podría alegar, en una hora de franqueza, que su estómago, en realidad, no soporta ni a los negros, ni a los árabes, ni a los judíos, ni a nadie, sea cual sea el origen, que pertenezca a esa especie universal y cenicienta a la que damos el nombre de inmigrantes, pero que, en fin, teniendo en cuenta ciertas costumbres, ciertas reglas, ciertos deberes y, sobre todo, por la virtud de la fuerza de ciertas necesidades muy materiales y muy prácticas de la sociedad, mano de obra barata y abundante, por ejemplo, está dispuesto a admitirlos, a permitirlos, a soportarlos con indulgencia, provisionalmente, hasta el día en el que la paciencia se acabe o las ventajas que de ella resultan sufran una dismi­nución sensible.

 

Desde este punto de vista, no creemos que sea una escandalosa exageración decir que la tolerancia y la intolerancia son los dos escalones de una escalera que no tiene otros. Desde el primer peldaño, que es el suyo, la tolerancia lanza hacia abajo, sobre toda la planicie donde se agita la multitud de los tolerados de toda especie -de raza o de condición, individuales o de grupo- una mirada que desearía ser bondadosa y comprensiva, pero que, las más de las veces, se contenta con buscar en equivocadas formas de compasión y en manifestaciones de remordimiento por cuenta ajena, su débil razón de ser y su insuficiente e inoperante afirmación cívica. A su vez, allá desde lo alto del segundo escalón, la intolerancia mira con odio exasperado a la masa confusa de los extranjeros de color o de nación que la rodean y cercan, y con irónico desdén a la tolerancia, pues claramente percibe cuán frágil y asustada está, cuán indecisa, tan sujeta a la tentación de subir a aquel segundo y fatal peldaño cuando incapaz de llevar a extremos consecuentes su precaria, si bien que inquieta, voluntad de justicia, la cual tendría que ser, finalmente, renunciar a proseguir como aquello que es -tolerancia, nada más-, para convertirse en reconocimiento auténtico del otro y verdadera igualdad.

Puesta la cuestión en estos términos, parece que tendría que quedar vedada al escritor (por puro respeto de la lógica, no por decreto nuestro) precisamente la vía en la que, con más frecuencia y mayor placer, se ha manifestado su capacidad de intervención, esto es, pregonar al mundo los innegables y humanitarios méritos de la tolerancia. Claro que el escritor podrá y tendrá que continuar haciéndolo (siempre fue mejor poco que nada), pero, si no nos engañamos radicalmente en un punto cualquiera de nuestro razonamiento, o en todos, no es más aceptable hallar satisfacción suficiente en la defensa y ejercicio de la simple tolerancia, y, por lo tanto, todos nuestros actos y palabras, en esta materia, deberían orientarse según una perspectiva mucho más amplia, partiendo, como quedó dicho, de un examen crítico desnudo de ideas hechas, por muy generosas que hayan sido y parezcan serlo todavía. Mientras la tolerancia sea tomada como el punto más avanzado que será posible alcanzar en el camino hacia una modificación resueltamente positiva de las relaciones humanas, continuaremos viviendo una ilusión de humanidad, intentando cubrir una situación trágica con el velo de una fantasía que tanto podrá ser, en el mejor de los casos, más o menos bien intencionada en su inconsistencia, como, en el peor de ellos, siniestramente hipócrita.

 

 

En tales condiciones, ¿qué papel podrá desempeñar el escritor, ese mismo a quien parece haber sido retirada definitivamente la antigua función, tácitamente reconocida y aceptada por la sociedad, de abrir camino a las verdades posibles? ¿Qué dirá, qué escribirá, si cada vez se va tornando más clara la impotencia de la literatura, de cada obra literaria y de todas ellas juntas, para influir, de un modo profundo y permanente, en la vida social? ¿Qué valor deberemos dar a la opinión de aquellos que, contra la evidencia de los hechos, aún se proponen incluir la literatura entre los agentes de cambio social, entendida esta denominación, no tanto como referida a las consecuencias sociales subsiguientes a los factores estéticos (lo que nadie, ciertamente, negará), pero sí a supuestas influencias determinantes, en el orden ético y en el orden axiológico, independientemente del carácter «positivo» o «negativo» de sus manifestaciones? De acuerdo con semejante manera de pensar, y extrapolando, en beneficio de nuestro raciocinio, formas y contenidos históricamente diferenciados, para de este modo abarcar en una sola mirada la enseñanza, la literatura y la cultura en general, tendríamos que coincidir, hoy, y a pesar de los dramáticos desmentidos de la realidad, con la panglosiana convicción de nuestros deci­monónicos abuelos, para quienes abrir una escuela equivalía a cerrar una prisión. Que vengan las estadísticas escolares y judiciales a decirnos si la masificación de la enseñanza se ha configurado, de hecho, como prevención suficiente o como antídoto eficaz contra la masificación de la criminalidad, que es, sin duda, una de las características inquietantes de este nuestro final de siglo.

Dejemos, sin embargo, las escuelas, dejemos la cultura en general, dejemos el arte, la filosofía y la ciencia, para cuya ponderación adecuada nos faltarían el saber y la autoridad, y volvamos a la literatura y a su relación con la sociedad. Mantengámonos sobriamente en los dominios de lo ético y de lo axiológico (sin los cuales, reconozcámoslo, cualquier apreciación de una transformación social determinada, sea la que sea su época, tendría que satisfacerse con poco más que una tabla de pesos y medidas), y concordemos, por mucho que esa verificación castigue nuestra confianza, que las obras de los grandes creadores literarios del pasado, desde Homero a Cervantes, desde Dante a Shakespeare, desde Camoens a Dostoievski, no parecen haber originado, en sentido pleno, ninguna efectiva mudanza social, incluso cuando tuvieron una fuerte y a veces dramática influencia en comportamientos individuales y de generación. En el plano de la ética, de los valores, del respeto humano, apetece decir, sin ironía ni cinismo, que la humanidad (nos estamos refiriendo, claro está, a lo que acostumbramos designar como mundo occidental) sería exactamente lo que hoy es si Goethe no hubiese veni­do al mundo. Y que, reforzando esa idea, no consta que la lectura de los Fioretti de San Francisco de Asís haya salvado la vida a una sola de las víctimas de la Inquisición...

 

Es admisible, pues, la afirmación, acaso no contestable, de que la literatura, incluso cuando, por razones religiosas o políticas, se dedicó a misionarismos de conversión o a ingenierías de nuevas almas, no sólo no pudo contribuir, como tal, a una inflexión positiva y duradera de los cursos sociales, como provocó, muchas veces, incurables sentimientos de frustración individual y colectiva, resultantes de un balance negativo entre las teorías y las prácticas, entre lo dicho y lo hecho, entre una letra que proclamaba un espíritu y un espíritu que no se reconocía en la letra.

Inevitablemente, estas desencantadas consideraciones sobre el alegado papel que la literatura desempeñaría, como factor decisivo de influencia social, acaban por conducirnos a una conclusión pesimista y aparentemente intrasponible: la de su esencial irresponsabilidad. Irresponsabilidad, decimos, en el sentido restringido de que no será legítimo atribuir al ciclo de la Guerra de las dos rosas de Shakespeare, sea éste el ejemplo, la culpa de un eventual aumento, en número y en gravedad, de los crímenes públicos o privados en general, como igualmente no tendremos el derecho de acusar al autor de Ricardo III de no haber podido lograr, gracias a lo que generalmente se dice ser la lección amonestadora y edificante de toda tragedia, que los reyes y los presidentes pasasen a matarse menos y los particulares a respetarse más. Unos a los otros, pero también a sí mis­mos, quedó por decir.

Si la literatura es, de hecho, irresponsable, en la doble acepción de no poder serle imputados, incluso sólo parcialmente, ni el bien ni el mal de la humanidad, y por lo tanto no estar obligada, tanto para recriminarse como para felicitarse, a rendir cuentas en ningún tribunal de opinión; si, por el contrario, parece ser, en su hacerse, salvo rarísimas excepciones, y aun así como simple oposición, un reflejo más o menos inmediato de las mentalidades sociales predominantes y de sus sucesivas mudanzas..., entonces nos encontramos irónicamente reconducidos al punto de partida, a la primera bifurcación de los caminos, a la sempiterna interrogación sobre lo que deberá ser y para qué servirá la literatura, mayormente cuando en la vida de los pueblos se instaló el sentimiento inquietante de que, no habiendo aparentemente dejado de existir, mani­fiestamente dejó de servir. Incluso cuando el probable determinismo de la conclusión pueda consternar o indignar a ciertas vanidades literarias, más inclinadas de lo que aconsejaría la modestia a engrandecer su papel en la república de las letras y en la sociedad en general, la literatura no transformó ni transforma socialmente el mundo, mucho más rigurosa siendo, y fácilmente comprobable, la afirmación de que el mundo es el que transformó y va transformando socialmente a la literatura. Entre las posibles objeciones a lo que acaba de decirse, se cuenta naturalmente aquella que alegará que, de esta manera, nada más queda al escritor que trabajar sin esperanza de llegar a influir en la vida de su época, limitado por lo tanto a producir los libros que la necesidad de divertimento de la sociedad, cuántas veces sin parecerlo, le va encomendando, y con los cuales se satisfarán ella y él, o, en el caso de que el escritor haya sido contemplado con una porción suficiente de genio cuando se hizo su distribución por el cosmos, escribir obras que su tiempo comprenderá mal o a las que será hostil, dejando al futuro el encargo de un juicio que, eventualmente seguro y justo en ese caso concreto, volverá a incurrir, infaliblemente, en errores de apreciación cuando, ya convertido en pre­sente, sea llamado a pronunciarse sobre las obras contemporáneas suyas. En verdad (séanos permitida esta observación al margen), el escritor, cuando escribe, no está apenas solo, está también rodeado de oscuridad y creemos incluso no abusar de nuestra legítima facultad de imaginar diciendo que hasta la propia luz de la obra -tenue o deslumbrante, todas la tienen- le ciega. De esa particular ceguera no le podrá curar ninguna crítica, ningún juicio, ninguna opinión, por más fundamentos, y útiles en algunos planos, que se le presenten, en tanto que son emitidos, todos ellos, desde otro lugar.

¿En qué quedamos, entonces? Si las sociedades no se dejan transformar por la literatura, aunque ésta, en una o en otra ocasión, pueda haber tenido en las sociedades alguna superficial influencia; si, por el contrario, es la literatura la que se encuentra hoy asediada por sociedades que no le piden más que las fáciles variantes de una misma anestesia del espíritu que se llaman frivolidad y brutalidad, ¿cómo podremos nosotros, sin olvidar las enseñanzas del pasado y las insuficiencias de una reflexión dicotómica que nos reduciría a viajar sin fin entre la hipótesis, nunca satisfactoriamente verificada, de una literatura capaz de actuar, aunque sólo complementariamente, como factor de mudanzas sociales, y la evidencia de una literatura, ésta, la que estamos produciendo y leyendo hoy, que nada más parece saber hacer que recoger en páginas, y a continuación en páginas enterrar, los destrozos y las víctimas de todas las batallas? ¿Cómo podremos, repito, regresando una vez más al tema inicial, el del combate nuevo al que estamos llamados contra el racismo y la intolerancia, hacer intervenir en la sociedad la voz y la acción de los escritores, al menos de aquellos a quienes el compromiso con la escritura, haya sido éste absoluto o relativo, no hace olvidar sus obligaciones, relativas y absolutas, de ciudadano?

Publicar artículos, conceder entrevistas, dar conferencias, participar en congresos, coloquios, seminarios, son tareas que, de uno o de otro modo, transcurren por o concurren a aquello que es, ni pura ni simplemente, el acto central del escritor: escribir. Sin embargo, con independencia de la naturaleza, exigencia y singularidad de la obra a la que el escritor decidió consagrar la vida -o, con palabras menos solemnes, el tiempo, el talento y la paciencia-, apetece decir que todas las circunstancias y oportunidades deberían ser aprovechadas por él para repetir, glosar y parafrasear, ahora con mejores y más pacíficos motivos, el dicho célebre de Cicerón, cuando, al final de cada discurso, viniese o no la materia a cuento, reclamaba la destitución de Cartago. Los Cartagos de hoy se llaman Intolerancia, Xenofobia y Racismo, y no serán vencidos si no empleamos en la lucha aquellos mismos ingredientes con los que la obra literaria se hace: la paciencia, el talento y el tiempo, por este orden u otro cualquiera.

 

Convoquemos al escritor a este combate, pero convoquemos sobre todo la concreta figura de hombre o de mujer que está por detrás de los libros, no para que él o ella nos digan cómo ha sido que han escrito sus grandes o pequeñas obras (lo más seguro es que no lo sabrán ellos mismos), no para que nos eduquen y guíen con sus lecciones (que muchas veces son los primeros en no seguir), sino para que simplemente digan, en estos tiempos en los que el estado mental de la especie humana parece deslizarse hacia la locura, cómo se sitúan en la sociedad que, ellos y nosotros, somos, para que se muestren todos los días como ciudadanos de este presente, incluso cuando, como escritores, crean estar trabajan­do para el futuro. No se nos pide que retomemos (si para tal no encontramos, en nuestro foro íntimo, motivos ni razones) los caminos de orden social, ideológico o político que, con resultados estéticos tan variables como las intenciones, llevaron a lo que se ha llamado literatura comprometida, sino que tengamos la honradez de reconocer que los escritores, en su gran mayoría, han dejado, ellos mismos, de compro­meterse y que muchas de la hábiles teorizaciones con las que hoy nos envuelven no tienen otra finalidad que constituirse en escapatorias inte­lectuales, modos más o menos brillantes de ocultar la mala conciencia, el malestar de un grupo de personas -los escritores, precisamente- que, después de haberse visto a sí mismas, durante mucho tiempo, como faro del mundo, están añadiendo ahora, a la oscuridad intrínseca del acto creador, las tinieblas de la renuncia y de la abdicación cívicas.

Ningún escritor, por simple escrúpulo de respeto humano, osaría ir hasta el público a defender el racismo, la xenofobia y la intolerancia. Es ese mismo escrúpulo, humano y simple, el que está exigiendo a todos los escritores, hoy más que nunca, que, en sentido propio y figurado, salgan a la plaza pública a defender, contra la intolerancia, la xenofobia y el racismo, el derecho, pleno y libre, de vivir.