nomadismos

Nacho

 Zubelzu

Sobre el arte de viajar

María Montesino

 

“No se viaja para llegar, sino para viajar”

El Danubio, Claudio Magris.

 

Tengo en la mano una edición ilustrada de La isla del tesoro de R. L. Stevenson, fue con este libro con el que descubrí la pasión por viajar, descubrir, imaginar, conocer lugares diferentes a los que habito cotidianamente. Salirse de nuestro mundo de vida, desdibujar nuestros hábitos por unos días, abrir la mente a nuevas concepciones del vivir, es un ejercicio que se entrena desde la más tierna infancia. El que no ha sentido la sangre en ebullición al salir de su “universo” para adentrarse en otros parajes, escuchar otros lenguajes, observar otras miradas y convivir con otros silencios, no ha viajado de verdad. El viaje no ha de ser exclusivamente físico, en realidad, la mayor parte de las veces, tenemos más oportunidades de viajar a través de la lectura, el arte, el cine o la imaginación que en un sentido puramente geográfico. Aprendemos a viajar (o no viajar) en sociedad, desde niños, el propio viaje se desarrolla pues como un hecho cultural que define (también) nuestros habitus. Entiendo las ciencias sociales como una especia de itinerario compartido: conocer "a los otros" en el sentido de Todorov, proponer nuevas comunidades para vivir, como explica Edgar Morin o tener conciencia de los dispositivos de poder como teoriza Foucault. Toda creación (teórica o artística) es, en sí, una suerte de viaje, con sus preparativos, desarrollo y colofón. Después, la memoria y los recuerdos dejarán un poso en nosotros, como el Darjeeling en la tetera a lo largo de los días.

Cuando vi, por primera vez, las obras de Nacho Zubelzu, me vinieron a la memoria algunas experiencias personales y muchas literarias. Si pienso en viajes, aparecen en mi imaginario Jack London, Claudio Magris, Rafael Chirbes, Emilio Salgari, entre otros muchos. Con la globalización de los medios de comunicación y transporte, la amplia oferta de viajes turísticos, los canales de documentales en la televisión, los satélites o internet, ser viajero, y no turista, es un placer para muy pocos. En este mundo despoblado de tierras vírgenes, todavía nos queda el cuaderno de campo, la experiencia personal, la fotografía, el dibujo, el pensamiento, el arte en definitiva, el nexo primario mano-cerebro a modo de traductor de experiencias.Transmitir la pasión por lo desconocido, los ritmos del espacio y del tiempo, el eterno retorno a lo que un día fuimos y queremos volver a ser.

Una de las cosas que siempre he disfrutado del estudio socioantropológico es el cuaderno de campo, ese espacio donde se inicia todo tránsito entre la teoría y el trabajo a pie de calle. Cuaderno que Zubelzu recupera para tomar apuntes gráficos de sus experiencias itinerantes y permitir que todo ese relato permanezca en el papel para convertirse en "experiencia compartida". Sus intervenciones, sus propuestas gráficas, en cualquiera de sus soportes, me llevan a hablar del vínculo social, de lo común que nos une a unas culturas con otras, expresado a través de la trashumancia, el nomadismo, un pastor, un animal o un objeto. La diversidad cultural y sus actores, unidos en un marco conceptual para narrar lo vivido en cada espacio, Zubelzu conecta con los paisajes y sus gentes para mostrar ese nexo que nos une, en una hermosa diferencia. Podemos encontrar en sus obras ese "cosmos" del que habla Michel Onfray, ese fuego eterno de las hogueras de los gitanos, ese tiempo circular de los campesinos, la rotundidad del buen vino y (también) la huella de la mano que lo cosecha. Espacios y tiempos para pensar. Presencias y representaciones de un tiempo que ya no es puede ser vivido por todos, sino por una admirable minoría.

La performance en la muralla china junto a Cang Xin ilustra esta pasión por convivir con un arte diferente, expuesto al límite, donde la naturaleza, el cronotopo, el lenguaje, se reinventan para adquirir nuevos significados. El tiempo se detiene allí, donde dos hombres vinculan oriente y occidente en un gesto, la muralla deja de ser frontera para convertirse en puente. Con todo el riesgo que esto implica. Y la eternidad como testigo.

Performance en la muralla china junto a Cang Xin

"ROCK, PAPER, SCISSORS"