el paseante

Robert

Walser

 

 

 

 

 

 

 

 

Walser, el paseante

Antonio Montesino

 

 

 

 

 

 

"Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios"

Robert Walser

La lectura de las obras de Robert Walser constituyen una fuerza transformadora, en pugna desafiante contra la banalidad cotidianamente inoculada en los mercados del culturalismo neoliberal, a los ciudadanos consumidores de bienes-mercancías culturales. De este modo, podremos entender y disfrutar de la obra de Walser y de todos aquellos escritores que tienden los puentes de su moderna filiación hacia una escritura que nos protege del "olvido del ser", de una literatura que sabe y ayuda a comprender el mundo como ambigüedad y nos descubre sucesivamente partes hasta entonces desconocidas de la existencia. Acostumbro a leer todos sus libros en contextos de itinerancia, en ejercicios de flâneur por ciudades y lugares que de un modo especial me interesan. La colina del Sacre Coeur en París, después de los parques londinenses y berlineses, en los bosques de Baviera, del Perigord, en los cafés de Salszburgo, y, sobre todo, en los bosques caducifolios de Cantabria, de modo especial y reiterado en los del Valle de Campoo".

La lectura al aire libre, como decía Thoreau, nos invita a leer la propia naturaleza como un inmenso libro autobiográfico, es decir, escrito por la propia naturaleza en las hojas de sus árboles, en cada material de las cosas por ella creadas y que al vez la conforman. Es aconsejable aprender a hacerlo. Se pueden leer las hojas del roble escarlata, escrutar su tipografía escultórica, su vegetal materialidad parlante. Walser lo hacía a menudo, a través de sus paseos por bosques y montes, él sabía que "¡el bosque es vida acogedora y estimulante!", de ahí sus palabras: "¡Qué hermosos son los bosques al atardecer! Cuando sobre el verde oscuro de los bosques se mecen las nubes purpúreas y el azul del cielo es de una profundidad tan peculiar!

Se pueden leer los brezos y las brañas, escenarios de lectura a plein air, testigos mudos de Walser, el paseante. Disfrutar del paseo, del tránsito lento, sin prisas, abierto a la lejanía, arrojados a las sendas, nos convierte en deambulantes de un tiempo que merece la pena ser vivido. Decía Walser que el paseo, es un acto reflexivo, paseando solo o acompañado, le vienen a uno las ideas: "pronto las ramas de los árboles atravesarán como espadas afiladas la luz gris del invierno y se formaran remolinos de nieve, ¡con cuánta alegría lo espero!". La nieve, esa nieve que silencia el paisaje, en palabras de Walser: "a mí me gustan las cosas de un solo color, de un solo tono, y la nieve es como una melodía de un solo tono, su blanco es como un murmullo, un susurro, una oración". El monte, los montes "anchos como la espalda de atleta" se cubrirán "de nieve de manera suave y delicada, como si una mano la hubiera esparcido", y el aire será "sol y niebla al mismo tiempo", y , entonces, la mirada alcanzará "la más honda profundidad y la amplitud más lejana, y los abetos tendrán una apariencia saludable".

Walser, el invierno, la nieve, los bosques, la disciplina del paseo como hábito de la cotidianeidad, pero también la disciplina caligráfica del lápiz y su escritura reducida al silencio de las hojas del calendario, labrada de un tiempo detenido, la escritura dibujada en el gris monocromático de la niebla y el aliento. En ese calendario invernal, aquél diciembre de 1956, aquella Navidad de nieve pura, allí entre los abetos y hayedos ascendentes del Rosenberg, la llamada del juego, la llamada del sueño, la llamada del pensamiento, la llamada del tiempo: el último paseo. Conversaciones alejadas, como diría Kundera "del provincianismo de los pequeños" y del "provincianismo de los grandes". Conversaciones ligadas a la existencia de la condición humana y de una escritura de la vida, para siempre ligada a la herencia de Cervantes.

Contemplo un  muerto caído de espaldas a la nieve blanca, dejando tras de sí un reguero de huellas convergentes, quieto, con el corazón roto de distancias, con el dolor para siempre atrapado, y retenido, entre las manos frías, la boca abierta, penetrada del aire frío y puro del invierno. Nos lo recuerda Carl Seelig: "El muerto que yace en la pradera nevada es un poeta al que extasiaba el invierno, con su ligera y alegre danza de copos..., un verdadero poeta, que anheló como un niño un mundo de paz, de pureza y de amor: Robert Walser".

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